La claridad de este dia de Mayo y el verdor de la primavera que me rodes por todas las partes, me lleva a parar mi coche y hacer un alto en el camino para mejor disfrutar de tanta delicia. El cielo azul tiene calina y no alcanza la belleza intensamente pura y limpia del cielo de Castilla o de la Alta Extremadura, pero ¡bueno¡, de todas las formas me embriaga la dulce melodía que despiden estos campos donde al verdor lujuriante de las hierbas pone una nota de distinción el verdor gris y severo de las encinas.
En lo alto, sólo un milano surca el cielo siguiendo la silueta de la carretera en busca de cadáveres de animales muertos por el azar de la circulación. Esto trae a mi mente viejas inágenes encerradas en el baúl del olvido. Los viejos recuerdos dormidos se comportan así, sólo despiertan y emergen al consciente, bien luminosos o como fantasmas negros, pero siempre cargados de emotividad, cuando alguna circunstancia del presente con ellos relacionados, haciendo de escarpia, los saca de nuevo a la luz del profundo pozo del subconciente. Así, este milano hambriento que busca comida, actuando como anzuelo asociativo, traem a mi recuerdo la vieja imagen de 20 ó 25 buitres - sí, tantos- devorando avidamente la carne de un caballo muerto.
Era entonces costumbre en mi tierra natal de Malpartida de Plasencia abandonar las caballerías muertas o en trance de muerte infalible en el llamado por nosotros "Cementerio de los Burros", un triste lugar situado a unos 2´5 kms del pueblo en dirección a la estación de ferrocarril que llamábamos Mancona, aunque su nombre oficial era Malpartida. Son los años del principio de mi adolescencia, me veo con pantalones cortos, más bien enjuto, muy tostado por el sol y acompañado por 3 ó 4 amigos. Es la tarde de un día agosteño y el sol cae como plomo derretido para mezclarse con el dorado polvo del camino. Nosotros, los amigos, vamos a bañarnos a un remanso del llamado Arroyo Grande, cuyo nombre ,con resonancia árabe, creo que era Zahornir y que todavía conserva suficiente agus tibia para poder zambullirse.
<href="http://www.blog.com.es/media/photo/images_6/2572844" title="images[6]">![images[6]](http://data5.blog.de/media/844/2572844_1898d4027f_s.jpg)
Cuando pasamos por las proximidades del citado Cementerio de los Burros, vemos unos 20 ó 25 buitres que devoran la carroña del cadáver de un animal, hunden con avidez sus picos y cuellos desnudos en las rojas entrañas y carne del cuerpo muerto, riñen entre ellos por lograr las mejores presas y apenas reparan en nuestra presencia cuando nos acercamos, tenemos que hacer gestos aparatosos para espantarlos y sólo los más ahitos remontan el vuelo lanzando graznidos y corriendo perezosamente con el cuello extendido porque la pesadez del buche lleno de carne muerta dificulta su elevación, que hacen con esfuerzo y aprovechando, quizás, alguna pequeña corriente vertical.
Estas grandes aves carroñeras caso no se ven ya por aquellos cielos, porque tantos tractores. camiones , automóviles y diversas máquinas agrícolas han terminado con la necesidad de caballerias como medio de trabajo y de desplazamiento y ya no pueden alimentarse con sus cadáveres, pero en mi adolescencia se podían contemplar con frecuencia en el cielo azul de la Alta Extremadura. Se veían muy separados los unos de los otros, a veces muy quietos, como suspendidos del cielo, donde se percataban con su fino olfato más que por la vista de la existencia de algún animal muerto, luego transmitían el mensaje a sus congéneres trazando en sus vuelos grandes círculos. Gracias a este misterioso lenguaje podían acudir muchos al ansiado festín.
Me veo tendido de espaldas sobre las calientes pizarras planas del patio-corral de mi casa solariega. Mi vust se pierde en un cielo azul y claro. Veo en lo más alto las pequeñas siluetas de los grandes buitres leonados de cuello denudo. Me gusta contemplarlos, perderlos con la mirada y volverlos a encontrar. Ensimismado, dejo transcurrir el tiempo sintiéndome embrujado por esta simple visión. Hoy día, tendría que ir al Parque de Montfragüe o a la Sierra de Cazorla para ver solamente una sombra de lo que entonces era frecuente.
