Como principio.- Se dice que el hombre es animal de costumbres y es cierto. Transcurrido algún tiempo desde mi regreso a esta ciudad del Sur español,donde vivo, ya me he adaptado a su ajetreo, a su vida un tanto artificial y a ser esclavo del tiempo y de muchas circunstancias, por otro lado no debo quejarme, todavía llevo bastante bien el pesado fardo de mi edad y hasta me esfuerzo por hacer realidad mis ilusiones y mis sueños, señal de que no ha muerto la esperanza.
Aunque me dejan impasible acontecimientos llenos de importancia para otros, hay sucesos aparentemente pequeños que pueden llenarme de emoción por las resonancias afectivas que en mi despiertan. Eso aconteció hace unos días con la recepción de una carta certificada cuyo único contenido era la pluma de un extraño pájaro y la fotografía de una hermosa cascada donde se fundían en un conjunto armonioso la luz, el agua y las rocas. Esto despertó en mí recuerdos dormidos, que ahora quiero revivir. Empezamos:
Así fue.- Como señor del tiempo y del espacio, salí de Plasencia en una luminosa mañana de verano. Viajo sin prisas y sin que me importen las horas ni el lugar donde pudiera encontrarme. Voy en dirección Salamanca y a la altura del Villar decido desviarme para llegar hasta el arco romano de Cáparra, en la antigua Vía de la Plata. Es un romance épico escrito en piedras con más de dos mil años de existencia que esencializa la solemne tranquilidad de aquellos campos de la Alta Extremadura. El cielo era de un azul purísimo y la fresca brisa que resbalaba de la sierra de Béjar acariciaba los austeros encinares del entorno. Tendido bajo el arco, creí escuchar el ritmo acompasado de los pasos militares de los legionarios de las viejas cohortes romanas, que escondidos en las arrugas y rendijas de las piedras, se despertaban de su sueño y llegaban hasta mí como un cálido abrazo de la Historia.
Me detengo poco y continúo hacia Las Hurdes, abandonando la idea de visitar el cercano pueblo muerto de Granadilla, habitado sólo por sombras y por recuerdos, algunos dicen que también por fantasmas. Sí me detengo en Guijo de Granadilla, donde vivió y murió Gabriel y Galán.
No han cambiado tanto los tiempos en este lugar. Hay televisiones, algunos ordenadores y se ven frecuentes restos de plásticos, pero todavía se desgranan y trituran las mieses, extendidas en parvas, con la ayuda de trillas arrastradas por una o dos caballerías,
Los lugareños usan sombreros negros de alas bajas con toda su copa subida y se expresan con un típico habla o dialecto que, según los entendidos, es reminiscencia del antiguo leonés. La santera del lugar me enseña la ermita del "Cristu Benditu" y me lleva hasta la misma sombra de la encina donde el malogrado poeta acontumbraba a deleitarse con lecturas y a componer sus poemas. Esta santera utiliza el mismo lenguaje de "El Embargo" y "El Varón",lleno al mismo tiempo de virilidad, de ternura y de afectuosidad, con delicados disminutivos, contracciones y frecuentes vocablos con terminaciones en "i" o "u".
Camino al azar y sin rumbo fijo por las calles del pueblo al tiempo que recito mentalmente veros del "Ama" y de "Los Pastores de mo Abuelo" y así llego, por pura casualidad, a la Casa-Museo del poeta, situada en la Plaza Mayor. Es la misma casa solariega donde vivió don Joé María, amplia y cómoda, propia de un hombre que, además de poeta y maestro, era señor de unas 300 hectáreas de buenas tierras de pasto y labor. La persona que dirige y administra la Casa-Museo es afable. Tiene vetas líricas y se muestra muy enamorada y conocedora de la vida y obra de Gabriel y Galán. Me explica con esmero el contenido de su mesa de trabajo, los detalles de la cocina de la casa y hasta me recita composiciones inéditas de este poeta lírico que sin grandes jactancias, supo captar la belleza de estos campos y penetrar hasta el más profundo sentir del alma campesina.
Sigo mi ruta y al llegar a Moheda tengo sed, porque el calor aprieta. Pregunto por un bar, donde entro, acompañado por un viejo lugareño de 86 años, que no aparenta y que acepta mi invitación. Se llama Santos y vivió la Guerra Civil haciendo la campaña en el frente del Jarama. Habla con nostalgia de aquellos años y dice que "entoavía" recuerda "la jechura y gestu nobli" de su capitán. Me habla de los trabajos que ha hecho y de sus preocupaciones y lamenta que la juventud de ahora carezca de buenos ideales y espíritu de sacrificio -dice-. Le dejo que desgrane sus viejos recuerdos al tiempo que me deleito con el brillo de sus ojos, todavía vivos y con su típica forma de hablar, semejante al modismo dialectal de Guijo de Granadilla.
Apagada mi sed, continúo hasta Casar de Palomero. Hay que subir por una carretera estrecha, que atraviesa culebreando la ladera de un alto monte con plantaciones de olivos bien cuidadas. Luego,al otro lado de la vertiente, pasada una ermita que, según la leyenda y tradición local, fue apedreada por los judios el Jueves Santo del año 1482, se llega a un verde valle-hoya donde se encuentra Casar de Palomero rodeado de olivares, robledales, castaños, nogales, campos con helechos y cuidadas huertas con fértil vegetación, porque el agua,principio de vida, es abundante. Este pueblo bien merece detenida visita.
Tiene calles estrechas y tortuosas, con arcadas que comunican entre sí las casas de aceras opuestas recordando su antiguo origen judío. Es más, hasta existe un barrio con tal nombre donde se mantiene la fuente que abastecia de agua a los moradores del mismo. También evoca una antigua ascendencia semita la existencia de una sala de fiesta bautizada con el nombre de Sinagoga, aunque parece que el templo judío no estuvo donde ella se encuentra, sino en los mismos terrenos donde hoy se levanta la iglesia parroquial, sobre cuyas soleadas cornisas y fachadas pude contemplar una de las mayores y más abigarrada colonia de vencejos que he visto en mi vida.
Las viviendas son típicamente serranas, algunas con amplias balconadas orientadas al sur para mejor recibir los abrazos del sol y con soportales apoyados en columnas de granito o de buena madera. Estas viviendas, manteniendo un claro sabor antiguo, se encuentran bien conservadas, traslucen bienestar y manifiestan que Casar de Palomero no es pueblo probre, como también lo avala la existencia de varias representaciones bancarias. En la fachada de una de las viviendas situada en la Plaza Mayor, hay una lápida conmemorativa recordando que allí durmió el rey Alfonso XIII cuando visitó,Las Hurdes el 21 de Junio de 1922.
No debe olvidar el caminante una visita al bar El Curandero, casi en las afueras del pueblo, donde a la sombra de una higuera "sanaba" los domingos "Don Tomás",el muy célebre curandero de El Casar. Lo hacía allí tal día debido a la aglomeración de enfermos llegados de diferentes lugares de España y hasta del extranjero, los demás días lo hacía bajo los soportales de su casa. "Don Tomás", una vez "adivinado" el mal que aquejaba al paciente, le hacía traer un recipiente con agua donde echaba unas gotas de un líquido misterioso eleborado por él a base de hierbas cuyas virtudes, según decía, llegó a conocer durante la Guerra de Cuba, donde estuvo como soldado sanitario.Por efectos de sugestión o por lo que fuera, se hicieron allí curaciones, algunas muy sonadas, claro ejemplo de las implicaciones entre "soma" y "psique" y de los misterios que encierra el orgnismo humano.
Este curandero murió en 1957, con 86 años de edad y sin haber podido curar a su hijo único que, según él, padecía una enfermedad de sentimiento para cuyo remedio no existían hierbas adecuadas. En mi vagabundeo por Las Hurdes y por otros lugares he podido constatar que el recuerdo de este personaje se conserva vivo en muy escondidos rincones. Conservo en mi poder la curiosa carta de un médico de Guadalajara solicitando su ayuda. Hoy día, en el bar que lleva su nombre, se sirve un riquísimo magro, muy bien servido y mejor escanciado y más si el hambre llama al estómago y la fatiga acucia las piernas del caminante.
Cuando la tarde declinaba y los campos comenzaban a teñirse con dorados de cobre, me despido de la persona que por azar y voluntariamente me sirvió de cicerone y me pierdo con el coche tras las curvas de una mediana carretera que me lleva hasta el río Los Angeles, en la misma confluencia con la comarca de Las Hurdes. Allí me baño para relajarme con las caricias de las aguas tibias del río. Como el charco es largo y profundo, puedo nadar a placer. El agua es tan cristalina que puede beberse y permite contemplar los pequeños peces que juegan con mis pies. Un conjunto de circunstancias ambientales producen tal sosiego en mi alma que me transportan a una especie de nirvana y a fundirme con la Naturaleza, más allá de la bella realidad que formaban el tibio abrazo del agua, las largas sombras grises del follaje de los árboles y la dorada luz de cobre del sol poniente.
Fatigado de nadar, pero con el alma alegre y ligera, duermo sobre el camastro plegable, que llevo en mi coche, a la vera del río y al abrigo de los árboles donde los pájaros, chillando, también buscan refugio ante la proximidad de la noche. El próximo murmullo de las aguas,el rutilar de las estrellas en lo alto del cielo y la fresca brisa que acariciaba mi cuerpo, todo esto: cielo, viento y agua, entonaron para mí una dulce canción de cuna. Embriagado por tantas caricias, no desperté hasta que el gris plateado del amanecer me anunció una nueva jornada.
Los días que estuve en Las Hurdes transcurrieron para mí llenos de embrujo, como si un hechizo especial llenase de luz y de encanto las sombras, los follajes, las personas y las cosas.Dormía indiferentemente en una habitación alquilada en Caminomorisco o en mi camastro plegable. La comida no suponía ningún problema porque me era indiferente la hora, dónde y cómo. Mi enamoramiento era hacia la clara luminosidad de los días, hacia el olor denso de las noches y hacia los amaneceres llenos de luz, donde el mundo se abría siempre de nuevo como una inmensa flor.
Con el alma llena de paz me gustaba perderme entre las sombras de los bosques de pino siguiendo cualquier sendero o a campo través. A veces seguía el camino menos trabajoso de las carreteras que conducen a las diversas alquerías. En uno de estos paseos fuí desde Pinofranqueado hasta La Aldehuela, ya en los mismos aledaños de la Sierra de Gata y distante unos 14 kms. Las brisas del amanecer, las sombras de los pinos alargadas por el sol naciente, la maciza majestuosidad de los montes y el brillo gris de las claras aguas del río... esperaban corriendo un poco a mi vera, en el fondo de un silencioso valle, entonaban la Canción de la Vida del Dios de siempre, perfumada con el aroma de las jaras, de los lentiscos, del orégano y del tomillo y por el otro olor más denso de la resina de los pinos.
Alguien ha definido a Las Hurdes como una sinfonía de olores y es cierto. Cada revuelta del camino era como una invitación a descubrir nuevos paisajes y perspectivas, que amenizaban mi caminar. La llegada a cada alquería, situadas en las zonas más fértiles de los pequeños valles, se anunciaba con una mayor abundancia de árboles frutales, olivos, pequeños viñedos y también pequeños maizales y huertas con coles bien cuidadas y aprovechadas, ya que recogen primeramente las hojas bajas y adultas dando tiempo a que la planta crezca hacia arriba y se formen plenamente las hojas más jóvenes para progresivamente irlas arrancando.
Menos ameno resulta el recorrido desde Caminomorisco, donde a veces dormía, hasta la alquería de Cambroncino, a unos 10 kms y con notable iglesia. Fuí más de una vez tratando de indagar sobre los extraños sucesos paranormales y apariciones extraterrestres que J. Benítez cita en uno de sus libros. Nada me aclararon los vecinos que interrogué, solamente uno recordaba haber oido algo sobre el particular y sobre una extraña muerte. Allí conocí a Daniel Azabal, vecino de la próxima alquería de Cambrón, de unos 50 años de edad y cabrero. Este hombre, en un día de Mayo, se encontraba en el campo, comenzó a llover y a tronar y buscó refugio bajo un puente de la carretera. Uno de los truenos provocó la desbandada de sus cabras y tuvo que salir para reunirlas. Fue entonces cuando una descarga eléctrica iluminó el cielo al tiempo que un rayo le entró por un hombro y le salió por los testículos dejándole inconsciente. Cuando recuperó el conocimiento pidió socorro y sus gritos fueron oidos por un matrimonio que pasaba por la zona. Llevado al Hospital de Plasencia salvó la vida y su aparato genital no quedó dañado, hasta parece que se potenció su fuerza genesiaca.
Recorrer aquellos caminos y carreteras llenos de curvas serpenteando entre estrechos y cortos valles me producía la sensación de que Las Hurdes, en su conjunto, tiene tantas circunvoluciones como el cerebro humano. Los estrechos valles más significativos son recorridos por el río Los Angeles y sus afluentes ( Ovejuela,Esperabán y Alavea), por el rio Hurdano ( Jurdano...Jordán,otra vez el recuerdo semita), también con algunos pequeños afluentes y por el Ladrillar con el Batuecas. Todos ellos terminan directa o indirectamente en el río Alagón. Al amparo de estos valles se asientan las cinco capitales de los municipios y las treinta y cinco alquerías que constituyen la totalidad de los núcleos de población, agrupados en Las Hurdes Bajas -municipios de
y Las Hurdes Altas-municipios de Nuñomoral,Casares y El Ladrillar-.


Los lugareños de Las Hurdes Bajas, donde primeramente estuve, son sencillos, afables y naturalmente amistosos. En la tranquilidad de las noches, que amenizaba con una jarra de vino, conversé e hice amistad con algunos de ellos. Ahora quiero recordar a Julián "el Conejero", mozo viejo de unos sesenta años y buen cazador, que con la sola ayuda de sus dos perros "embuchaba" los conejos y, a veces, los jabalíes. A Julián algunos también le apodaban "el Putero", porque sistemáticamente todos los dos o tres primeros días de cada mes se gastaba íntegramente las cuarenta o cincuenta y tantas mil pesets, que recibía por no sé qué retiro o pensión, en una especie de "pub" que hay en las proximidades de la alquería de Vega de Coria. Los restantes días del mes vive en simbiosis con familias que le alimentan y atienden correspondiendo ,por su parte,cuidando sus fincas, recolectando los frutos o laboreando los campos. Julián "el Conejero" o "el Putero" tiene la mirada caediza y habla con viz baja, cuando le despedó de èl se mostró algo tímido, pero parecía reirse interiormnte, como diciendo que me quiten "lo bailao". Es una original filosofía de entender la vida, que supedita el transcurrir de casi todo un mes al efímero esplendor dionisiaco de sólo dos o tres días, donde puede brillar como un sultán oriental en el pequeño harén de Vega de Coria.Pero no acostumbro a valorar, ni considero procedente llevar la contabilidad de la vida de los demás, soy lo suficiente viejo y he comido pan de muchos hornos para saber que puede cocerse de muy distintas formas.
Muy sosegado dormía por las noches con las ventanas abiertas atento a los ruidos qie llegaban del próximo bosque. Extrañas y fabulosas ensoñaciones azules me adormecían. A veces, casi dormido, creía oir el grito del buho que me decía: "duerme en paz, extraño caminante,yo represento el espíritu de las densas noches de estos bosques y vigilo con mis ojos redondos tu descanso". Llevado por las dulces alas del sueño me sumergía en una paz azul y profunda hasta que me despertaba la aurora y las frescas brisas del amancer del nuevo día.
Varias veces fuí a Las Hurdes Altas, donde los valles se hacen más estrechos, las montañas se elevan y se aproximan, los cultivos son más escasos y el terreno más fragoso y difícil. Se diría que es el dominio de la piedra. Las mismas techumbres de muchas viviendas y desde luego las antiguas, no se cubren con las clásicas tejas rojas de arcilla cocida, sino con piedras planas de pizarras grises toscamente puestas.
Como los valles son más estrechos y pedregosos, los frutales abundan menos y son más escasos los pequeños huertos con plantaciones de maiz, coles o calabazas. construidos con la ayuda de laboriosos paredaños. Más allá de los pequeños espacios aptos para el cultivo, siguen los bosques de pinos, principales señores de la vegetación, seguidos en muy segundo lugar por los robles y algunos olivos, castaños y nogales. En las riveras de los ríos pueden verse álamos, chopos, avellanos silvestres y mimbreras y como sotobosque el brezo, el lentisco, la jara,la retama, el helecho, el orégano y otras muchas plantas aromáticas que dan a Las Hurdes su típica fragancia y permite que las abejas elaboren una dulcísima miel en las muchas colmenas allí existentes. Con los escasos pastos que crecen en los espacios libres se mantienen pequeños hatos de cabras bien cuidadas y hasta mimadas. Con la leche cuajada de estas cabras se hace un queso famoso con muy justa razón.
Con mochila en la espalda y calzado apropiado hice el recorrido desde Nuñomoral hasta El Gasco y me interné más allá siguiendo el cauce del río Malvellido, que corría a mi izquierda a todo lo largo de un profundo valle. Las alquerías de Martilandrán y La Fragosa, por donde pasé y el mismo Gasco, parecían dormidos al arrimo del río más allá del tiempo. Sus tortuosas y empinadas callejuelas con pequeñas y bajas casas de pizarra, que daban al conjunto una tonalidad gris confundiéndole con las peñas, hacían de ellas un apéndice natural del paisaje. El Gasco,la alquería más apartada, se encuentra cerca de la base de un alto volcán apagado hace muchos años, pero donde todavía se encuentran en lo que fue su cráter trozos de piedra pómez, que algunos lugareños trabajan para hacer pipas y otros trabajos de artesanía.
La impronta dejada en mis genes por mis antepasados, todos ellos ganaderos o agricultores y los miles de años de historia de la Humanidad vividos en íntimo contacto con los campos y bosques gritaban dentro de mí con salvaje alegría al sentir la proximidad de los montes y el silencio profundo de los valles. Hasta imaginaba poder descifrar el lenguaje mudo y oculto de las flores, que parecían decirme:"Fíjate en nosotras, en el pequeño microcosmo de nuestros pétalos se esconde un mundo misterioso y oculto donde también cuentan los sentimientos y palpita la vida al compás de los latidos de este valle".
Cogí una de las flores y la estreché contra mi pecho como abrazo simbólico al espíritu de todos aquellos campos.
De regreso,llegando a Rubiaco, me desvié hasta Horcajada. En esta alquería sólo viven actualmente tres familias. Hay treinta o cuarenta viviendas con las clásicas techumbres de pizarra que están abandonadas. La Asociación "As Hurdes" luchaba en aquel entonces para que fuera declarada Bien de Interés Cultural por su tipismo. Una de las mujeres que allí vivían se llama Alicia, tiene algunas canas que no se preocupa teñir y que no deslucen su natural atractivo. Me dice que nació en Valencia, que es pequeña propietaria agrícola autónoma y que en modo alguno piensa abandonar estas tierras, donde vive feliz, aunque un poco aislada. Tiene un hijo adolescente de 14 años escolarizado en Nuñomoral con la ayuda de un Transporte Escolar y otro de 4 años, sin ningún complejo ni trauma, aunque es el único niño existente en la alquería.
El hurdano de estas tierras es bueno, sencillo y afectivo,como todos los habitantes de la comarca. Es más bien bajo, moreno, enjuto y de rostro arrugado, pero sin mostrar en su cara esos extraños pliegues anunciadores del vicio o de la maldad, como puede contemplarse en algunos pobladores de los bajos fondos de las grandes ciudades. Es más huraño y de trato más difícil que sus paisanos de Las Hurdes Bajas por lo que resulta más complicado entrar con ellos en conversación, pero si el caminante se esfuerza se puede llegar al cálido contacto humano. Así conseguí la confianza del "tío Andrés", un viejo con 93 años todavía ágil y capaz, apenas estorbado por unas cataratas que,según decía, fueron mal operadas. Casi todos los días comía cerdo y tocino y se bebía en cada comida un vaso de vino, pero "de los del agua", elaborado sin artificios con las uvas algo ácidas de estas tierras. Muchas mañanas hasta se tomaba una copa de aguardiente. El "tío Andrés" habla de forma sencilla y dulce, en su juventud emigraba todos los veranos al interior de Extremadura y a Castilla para realizar las faenas de la siega, pero volvía. Ahora - decía- la juventud ha amigrado a las ciudades del Norte donde hay trabajo,principalmente de Las Vascogadas y no vuelven.
Con el sol del atardecer me baño en un remanso del río Hurdano y haciendo la plancha medito sobre la forma estética o ética de sentir la vida. Según la forma ética del existir el hombre trata de vencer y de dominar las circunstancias; tanto profese una moral como otra, lo que priva es el esfuerzo, la voluntad y el superego, sea individual o colectivo. Dentro de una concepción estética, el hombre vive en armonía con el entorno y las circunstancias, como si fuese una parte más de la Naturaleza con la que se siente unido en perfecta simbiosis. Aquí el hombre procura no tanto ser y vencer, como el estar, pero un estar profundamente enraizado con el entorno, al que se siente e intuye casi de forma panteista, como una prolongación de Dios y hasta de sí mismo. Dentro de esta concepción estética estaba viviendo aquellos días. Tendido sobre las aguas hasta me parecía ver en directo la sonrisa de Dios animando y vivificando aquellos campos llenos de luz, de fragancias y de noble severidad.Otras veces, otras circunstancias, me han obligado a vivir la vida de forma ética.
Por la noche, cansado y feliz, repuse fuerzas y resuello metiendo entre pecho y espalda una buena ración de cabrito asado al estilo hurdano en uno de los mesones que por allí hay. Tuve como asiento un tajo de corcho, como mesa un enorme tronco de castaño pulido y como techumbre un alto y espacioso parral.Estos cabritos de Las Hurdes, como se desplazan entre riscos, tienen poco sebo y mucho magro. Las brisas de la noche, la jarra de vino tinto que acompañaba al cabrito, los densos olores que llegaban del interior del próximo bosque y mis propios pensamientos libres y ajenos a toda preocupación hacía de mí un azar más del entorno al que me sentía intimanete unido,
Otro día fué a Las Batuecas, más allá de Las Mestas, última alquuería de Las Hurdes en dirección hacia Salamancany situada al abrigo de un valle por donde corre el río Ladrillar, que allí recibe al Batuecas. Me detuve en Las Mestas y entré en un bar para saborear un buen vaso de vino tinto, con sabor afrutado y un tanto áspero, que por allímse bebe. A la puerta del bar había un puesto de venta de miel,queso y polen, regentado por un muchacho que parece despierto y avuspado. El joven me explica las distintasa clases de mieles y sus cualidades, asegurando que la mejor es la de encina, seguida por la de brezo y tomillo. Respecto al famoso ciripolen, que alguna fama tuvo años atrás como potente afrodisiaco, después de encajar una leve sonrisa irónica, me dice que es sólo una mezcla de miel con polen y vitaminas aromatizada con algunas hierbas, que va bien como reconstituyente, pero que sobre el pretendido efecto afrodisiaco hay mucho "bla-bla". Así me lo dice. sin ambajes, en la propia aldea de Cirilo.
A unos 3 kms. se encuentran Las Batuecas, tortuoso y enrevesado valle al sur de la provincia de Salamanca, relativamente cálido en comparación con el entorno porque encrespadas y jóvenes montañas le ponen al abrigo de los vientos por todos sus lados menos por el Sur. Esto origina un microclima que permite una rica y variada vegetación, incluso la de tipo mediterráneo, a pesar de la fragosidad y aspereza del terreno.La arteria principal del valle es el río Batuecas,que le da nombre,de aguas claras y rápidas que se deslizan entre rocas graníticas y enormes rollos muy erosionados,que dan lugar a frecuentes torrenteras. Este río nace en lo más profundo del valle y se amamanta con pequeños arroyos que descienden rápidos de los altos picachos.
Cuentan viejas leyendas que las Batuecas estuvieron pobladas en tiempos antiguos por gente extraña y feroz, pero hoy no existe nunguna vivienda en todo este espléndido valle, si hacemos excepción del Monasterio de Padres Carmelitas Descalzos situado en la misma entrada del valle. Allí tienen un amplio campo acotado con viejos árboles y elegantes cedros, que ponen una nota de distinción y donde se encuentra el edificio que sirve de vivienda, la capilla , algunos caserones y cobertizos viejos y una rerie de pequeñas ermitas semidesruidas, separadas entre sí y perdidas entre las malezas del bosque, que en otros tiempos utilizaron los frailes eremitas como lugares de solitario recogimiento, penitencia y oración.
Llego junto al refugio que hay a la entrada del Monasterio antes del mediodía y sentado sobre un tocón veo uno de los guardas forestales. Quieri trabar conversación con él e intuyo que va a ser difícil. Desde el principio me doy cuenta que no vamos a congeniar. Hasta dicutimos, porque el asegura que las aguas del río Batuecas son heladoras y el caminante, que se ha bañado en muchos ríos, afirma que sólo estimulantes. Mi intención era adentrarme seis o siete kms. y llegar hasta las entrañas más profundas del valle y aunque le invito, ni el forestal hace la menor señal de acompañarme en mi recorrido, ni yo insisto. Casualmente llegó una pareja de estudiantes de Valladolid -chico y chica-, que también querían conocer el valle y con ellos me adentré, río arriba, por un sendero casi borrado, a veces muy pedregoso, a veces formado por raices de viejos árboles y , a veces, entre rocas graníticas, donde la andadura requería en concurso de pies y manos y, desde luego, buen canzado. Así llegamos hasta unas cataratas, que allí llaman chorreras. Era un juego de luz fundido con el agua y las rocas. Cintinuamos hasta lo más profundo del valle donde existen refugios rocosos con pinturas de color ocre pertenecientes al periodo Neolítico, cuyo significado procuran descifrar los entendidos.
Los estudientes vallisoletanos, callados como buenos castellanos, resultaron excelentes compañeros de excursión. Hablamos poco, porque una inmensa alegría casi dionisiaca nos unía estéticamente con el paisaje y esto era suficiente.Al regreso sentimos calor y nos bañamos en una hoyas que el río Batuecas forma entre lasm rocas. En contra de lo afirmado por el forestal, sumergirnos en las aguas del río fue como un tibio abrazo de la misma diosa de aquellos bosques.
Con el crepúsculo reanudamos el regreso. En lo altom de un rocoso y empinado pico, como si estuviera suspendida del cielo,extendía sus brazos en lo azul una estilizada cruz para recordar la muerte de un monje que allí murió despeñado. La proximidad del monasterio se anunció con un nítido toque de campana llamando a los monjes no sé si a oración o al recogimiento y que en aquellas soledades tenía un sonido extraño. Seguimos caminando en silencio, rumiando íntimas ensoñaciones.
Aquellas noche durmieron mis amigos en una tienda de campaña. Yo lo hice en mi camastro plegable, al aire libre. La fatiga, la apacible noche estrellada, los extraños gritos que venían del bosque y el monótono e incesante murmullo de las rápidas aguas del río Batuecas, me llevaron a un profundo sueño. Fue como un recogimiento íntimo y sagrado en el mismo regazo de la Naturaleza.
Al día siguiente inicié el viaje de regreso hacia el Sur sintiendo mi alma apagarse.


diariodeunpasado

Me he fijado en tu post porque precisamente estoy leyendo un libro sobre Las Hurdes. Y Es cierto, casi todo el libro va de fenómenos extraños, pero lo real es que en lo que más me fijo es en las costumbres y usos de la zona.
Me gusta como escribes y la claridad con la que lo haces.
Tengo que leerte detenidamente desde el primer post.
Saludos